De los nombres de Dios
Hay disputas tan antiguas como el tiempo, algunas eternas, otras justificadas en los matices del lenguaje. Está visto que el caso es no ponernos de acuerdo.
Era 1988, no recuerdo muy bien la fecha exacta, pero sí que sé que estuve enfermo, nada especialmente grave, pero sí lo suficiente como para saltarme un examen de Historia. Aspecto este que en sí mismo podría considerarse como novedoso, puesto que no era algo que ni yo, ni tampoco mis padres, aceptáramos de buen grado. El examen lo repetí semanas más tarde y, si mi memoria no falla de nuevo, con una clase de tercero, en lugar de con mis compañeros de primer curso. Siempre pensé que el examen tan raro fue una consecuencia de con quién lo hacía, aunque también puede ser una excusa de mi mente ante una pregunta que no esperaba. Quizá no la preparé, pero el caso es que la respuesta no la sabía. Se preguntaba algo como: “Razones teológicas del Gran Cisma de Oriente”. Sí recuerdo haber contestado lo que se me ocurrió, pero me abstuve, prudentemente, de intentar adivinar las sesudas razones de los Padres de la Iglesia. Aquello no salió mal, pero tampoco me iba a quedar con la curiosidad, y como en aquel entonces no teníamos ni teléfonos ni Internet, no quedó otra que interpelar a la profesora. Amablemente me habló sobre la cláusula filioque y la relevancia que tuvo una proposición copulativa: “y” en vez de “por intermediación de”.
Curiosamente, años después, como puede notarse, todavía me acuerdo. A decir verdad, no tiene tanto mérito recordar algo que te repiten machaconamente en la Santa Misa, tanto si eres de diaria como si solo apareces en comuniones u otros eventos sociales. Lo único interesante, quizá, era mi reflexión continua sobre ese “y” cada vez que lo escuchaba. Incómodo al escucharlo, pensaba en si merecía la pena semejante discusión por una mera copulación, o en si los allí presentes eran conscientes de que repetir aquella frase parecía incidir sobre una disputa que, con casi total seguridad, importaba una higa a todos ellos o, más aún, en admitir, al igual que yo, que se pudiera discutir por semejante cuestión. Por otra parte, una vez, en uno de esos eventos de la Iglesia que ha sido transformado, cómo no, en una oda al consumismo, escuché una profesión de fe que no se parecía en nada a la que recordaba. Se había mutilado con la intención de hacerla más asequible al público allí presente. Me cuestioné: ¿tenía aquello sentido o no? O, pensándolo más fríamente, y puesto que la doble excomunión – la de Roma y la de Constantinopla – había sido levantada hacía años, ¿no sería razonable, acaso, eliminarla definitivamente? Suprimir años de disputa por una consideración que, a mi juicio, podría ser tachada de absurda. Aun asumiendo la existencia de la Trinidad, ¿quiénes somos nosotros, meros mortales, para decir de dónde procede el Espíritu Santo?
Llegados hasta aquí, lo más probable es que, más allá de la anécdota, esta cláusula no interese lo más mínimo. Pero no es menos cierto que, sin entrar en cruentas guerras, mantenemos encarnizadas disputas. Disputas en las que, pese a mi sesuda reflexión sobre la procedencia, me avergüenzo de reconocer que he participado, incluso con cierta fruición, por amor a la pura dialéctica. Divergencias que, en mi ámbito de competencia, han versado sobre los límites entre la artesanía y la técnica, sobre la mejor forma de abordar un problema – como si acaso hubiera una única, buena e inmutable – , metodologías, procesos y otros innumerables guarismos que, sin duda, son replicables a otros ámbitos de conocimiento, para, al final, darme cuenta de que en muchas ocasiones otros y mi persona hemos hablado de lo mismo, pero con distinto nombre, escudándonos en matices para defender con uñas y dientes una determinada postura. No niego la importancia de un matiz, como una vez me dijeron: un matiz lo puede ser todo. Es cierto, siempre y cuando no neguemos, tampoco, que, salvo en el ámbito de la definición científica o metalingüística, los nombres y las definiciones no deberían ser sino puntos de encuentro sobre los que articular un diálogo.
Llegado aquí, enlazo con el título de esta insignificante reflexión, la de los nombres de Dios. No está de más recordar que, como muchos han dicho antes, el nombre, el verdadero nombre de las cosas, no está revelado, y que, cuando hablamos de absolutos, intentar encontrarlo es como pretender introducirnos en la búsqueda del centésimo nombre. Algo que ni siquiera sé si es deseable; sería no solo conocimiento absoluto, sino también la fusión de lo existente en la nada. Lo cual no quiere decir, al contrario, que rechacemos la búsqueda de la verdad, sea esta en mayúsculas o minúsculas, pero siempre asumiendo que el camino debe implicar la aceptación de los límites y la voluntad de entendimiento.

