Hace algún tiempo leí que ingeniero venía de ingenio, puede ser cierto, aunque tampoco está de más recordar que no es un patrimonio de los ingenieros. Y que ingenio hay en muchas otras profesiones. Exagerando, en todas aquellas en las que la resolución de un problema sea algo más complicado que sumar dos y dos.
Pero fíjate en los matices: cuando he oído decir es una solución de ingeniería siempre lo he interpretado como algo en cierta medida sólido y basado en ciertos estándares, conformidades, etc. No me ha pasado lo mismo con la palabra ingenieril; diga lo que diga la RAE, siempre me ha parecido algo despectiva, de ingeniería de la chapuza. Quizá es una simple asociación con pueril, en cualquier caso, y como no soy lingüista, lo dejaré en sensación, que igual no es ni siquiera común y solo mía.
La primera vez que lo oí, fue en boca un profesor al que apreciaba y aprecio enormemente. Yo, con mi carrera ya terminada, le pregunté por una cuestión de análisis léxico (no recuerdo muy bien cuál) con una posible idea de solución; la respuesta fue algo como “si quieres una solución ingenieril te va a valer perfectamente, pero…”. No recuerdo exactamente lo que iba después, algo sobre el rigor académico de la solución.
El problema real y la tensión es que yo necesitaba una solución que funcionara de forma aceptable, bajo premisas de funcionalidad, tiempo y coste. En cierta medida pragmáticas para ese momento, pero, ¿adecuadas, cómo algo absoluto? La verdad es que no lo recuerdo. Quizá mi profesor solo quería decir eso con lo de ingenieril; si a eso añadimos cierto orgullo de juventud y la innegable realidad de que el correo electrónico es un canal bastante sujeto a malas interpretaciones, pues, tormenta perfecta. Lo cual, pese a ese orgullo herido, con o sin intención, provocó una lección de la que todavía me acuerdo, una pequeña cicatriz de la que sin duda he sacado lecciones.
Llegados aquí, sí que me gustaría hacer un alegato a favor de lo que entiendo por buena ingeniería: soluciones pragmáticas y con costes controlados, pero que no ocultan pliegues y son honestas con sus límites, que se sabe hasta dónde llegan y hasta dónde no. Leído así, a la solución que planteé en su día le faltaba, muy probablemente, alguna de estas premisas, y apostaría por un análisis serio, no tanto académico, de los límites que tenía.
Se puede pensar que esto solo lo da la experiencia; no discuto que sea en sí misma un grado, pero adicional a la formación previa. No voy a negar a nadie la nula utilidad, en mi vida profesional, de la transformada de Laplace o del Cálculo de primero, pero, aunque solo sea por eso, ayudan a pensar y estructurar los problemas de una forma muy concreta.
Pero, por otra parte, a decir verdad, tampoco hay tanta diferencia entre mi yo de 23 y mi yo de 52: caminos que no conocía, piedras con las que no me había tropezado y herramientas que no había sufrido. Eso sí lo da la experiencia, pero el pundonor sigue siendo el mismo. Quizá esté contradiciendo mi primera tesis sobre la formación.
O quizá solo esté expresando que hay un triunvirato: naturaleza, formación y experiencia, y precisamente en este orden. Sin naturaleza no hay dónde cultivar, sin formación no hay estructura ni desarrollo del pensamiento, y sin experiencia quizá nos sobre ímpetu y orgullo y nos falten heridas, propias y otras que hayamos generado en mentes ajenas o caminos que se pueden hollar y otros que deben ser evitados.

