Siempre he tenido miedo a las alturas o, más bien, a las alturas que, para mí, tenían cierto grado de falta de estabilidad.
Tanto era el caso, que una vez, con nueve o diez años, cuando iba al colegio con mi madre y mi hermano pequeño y vimos a un hombre arreglando una antena de televisión en las alturas, mi madre me dijo “anda que si te toca trabajar de eso”… a lo que rápidamente respondí “¿para qué crees que estudio?”.
No se trataba, en absoluto, de un acto de orgullo, o de superioridad, sino de la constatación de un hecho: hay cosas para las que era, y soy, incapaz, bien sea por un tema psicológico o físico.
Estudiar no fue más que algo natural. A lo que, sin duda, fui animado, pero que estaba alineado con mis necesidades y mis capacidades.
Esta forma de enfocar quién soy y por qué, siempre me ha marcado: no por estudiar hay una especie de derecho a “cobrar más”, solo a trabajar de otra manera más ajustada a quien soy. Y lo de cobrar pues dependerá del qué, del cuándo y de muchas otras cosas.
En cualquier caso, era mi camino, al igual que otros tomaron el suyo. Simplemente aproveché mis capacidades, ponderé las alternativas (el qué) y fui consciente de mis limitaciones, al igual que los otros son conscientes de las suyas.
La verdad es que lo que te depara el futuro depende tanto de eso como de los que te rodean, de ser bueno en lo que haces (aunque eso es consecuencia de lo primero), de cómo eres y, cómo no, de la suerte o, si se quiere, del momento. Como sobre lo último no se tiene control, al menos intentemos aprovechar lo que somos.
PD: La vida es curiosa, al final Teleco. Eso sí, las antenas nunca se me dieron demasiado bien.

