Andrés era una persona aparentemente normal. De mediana edad, esa en la que todavía se aprecia algún destello de juventud, pero en la que los años empiezan a dejar huellas, no demasiadas, quizá, pero sí las suficientes como para ser claramente perceptibles.
Algo delgado, no demasiado musculoso, y todavía se intuía en su cabeza lo que parecían haber sido remolinos en el pelo, dos para ser exactos. No le hacía especialmente atractivo ni singular, pero ahí estaban, aunque sin duda habían perdido parte de su gracia y energía.
Si quisiéramos buscar algo notable en su físico, lo único que, tal vez, pudiera llamar la atención serían sus ojos, o más bien su mirada. Penetrante y, a la vez, cargada por el peso de unos años que, en realidad, no acompañaban a su edad.
Lo que sí mereciera citarse es su carácter o, más bien, su personalidad. No por ser ni una persona irascible ni beatífica, sino por una cierta melancolía que le acompañaba y a la que solía responder cuando se le preguntaba —Será porque nací en julio —solía decir Andrés, como si esa frase explicara todo, y cuando se le inquiría un poco más tendía a contestar —Sí, sé que tengo dos remolinos en el pelo y que eso da suerte, de hecho, no me quejo de ella, excepto de haber nacido en ese malhadado mes—.
Ante dicha respuesta, sus interlocutores solían quedar desconcertados y cuando alguien intentaba sonsacar algo más de información, buscando posibles matices: las vacaciones o el calor, Andrés negaba con la cabeza y musitaba —No, no, para nada. Podría haber sido finales de junio o agosto, o incluso principios de septiembre, pero, ¡julio!— a la vez que sus ojos parecían más oscuros y profundos de lo normal. Puede que ese fuera el único aspecto físico que se viera transformado cuando hablaba de ese mes, como si arrastrara una pesada carga.
Solo una vez, cuando alguien le preguntó por esa oscuridad en su mirada, contestó con algo más de claridad y dirigiendo su mirada al este, dijo —¿Sabes que tengo dos nombres, además de dos remolinos? Andrés Bruto— y con eso se despidió agitando las manos como si espantara de su memoria un ingrato recuerdo olvidado en la bruma del tiempo.

