Ómicron
Esto es un cuento en prosa atropellada y caótica. Algo oscuro, más de lo que nunca hubiera pensado. Pero, las letras a veces se llaman entre ellas, y los pensamientos evocan lugares no transitados.
. I .
¿Qué hacía aquí? No recordaba muy bien cómo había podido llegar a este lugar. Más aún, ¿qué era este lugar? Levanté la mirada, hacia lo que creía el techo, no vi nada. ¿Qué sentía? Eso creo que sí puedo decirlo: un dolor sordo, constante, que me acompañaba continuamente. Un dolor que no cesaba, pero tampoco lo sentía como algo especialmente incómodo, al menos al principio. Simplemente estaba.
Me intenté mover, las piernas respondían, los brazos también, pero no veía nada. Oscuridad, sin un mínimo rayo de luz que permitiera que mis ojos fueran capaces de percibir nada. Oía, si es que se puede llamar oír a algo más que escuchar tu propia respiración.
¿Y el dolor? Seguía y seguía, como una gota de agua: ¡plop!, ¡plop!. No más intenso, pero sí continuo; diría que irritante, horadando mi mente como si fuera una piedra a la intemperie.
Desasosiego. ¡Sí! Sentía desasosiego y angustia.
Grité..., silencio. De mi boca no parecía salir sino una vocecilla trémula, indefensa, que no reconocía como mía.
Grité..., ni siquiera parecía que las paredes devolvieran el eco de aquella voz. ¿Mudo?
Indefenso, mudo, solo. Sí, solo, parecía que estaba solo, conmigo, sin nadie, sin ni siquiera mi voz, o aquella que yo reconocía como mía. Esperaba o desesperaba, ¡qué más da!
Moverme, parco consuelo. Mis piernas y brazos respondían, podía moverme, ¿adónde? No veía. Un paso, otro y otro, las manos delante, como intentando detener un golpe inexorable, esperable; los pies tanteando, como si temiera caer al abismo de esa nada. Nada, sí, era nada, no había nada. Nada.
Un paso, otro, sin confianza, sin pausa. Sin sonido, silencio. Y esa gota, esa maldita gota: ¡plop!, ¡plop!
¡Insoportable!
Grité..., silencio, de nuevo silencio. La nada. Llorando, me arrojé al suelo, las manos en mi rostro. ¿Rostro?, ¿mío? No veía, no recordaba, no conocía ni siquiera la forma de mi cara, espejo inexistente, solo sensible al tacto de mi piel. Desconocido.
¡Un sueño! Pensé: debe ser un sueño, ¡un mal sueño! ¿O no? No despertaba. Andaba, caminaba, palpaba, sentía. Exiguos los sentidos, pero sentía. Oía mi respiración, notaba el inconstante latido de mi corazón, olía, sí, olía el sudor de mi piel. Y ese dolor, ese maldito e insoportable dolor, esa puta gota, que no paraba de taladrarme, que me estaba volviendo loco.
¿Loco? Quizá era eso, estaba loco. Completamente loco. Tenía que ser eso. ¿Cómo si no explicar lo que me pasaba? ¿Pero es esto lo que siente uno cuando está loco?
Si no lo estaba, me iba a volver loco. Y esa gota. Esa gota. Ese maldito ¡plop!, resonante, retumbando en todo mi cuerpo, o lo que pensaba era mi cuerpo. Nada reconocía, ni el rostro, ni los brazos, ni el cuerpo. Era un cuerpo, ¿era mi cuerpo? ¿Era yo? ¿Era un reflejo?
Reflejo, sí, sí, tenía que ser eso. Un sueño o un reflejo, ¿acaso es distinto? Pero mi corazón latía, ¿late un corazón en sueños? ¿Late un reflejo? Y yo olía a sudor, no recordaba haber olido en sueños. ¿Estaba muerto? No, los corazones de los muertos no laten y sus pies no andan. La gota, la gota, ese ¡plop! que no se silenciaba.
Si no era un sueño, era un reflejo. Tenía que ser un reflejo, o un loco. Un loco que se preguntaba: ¿pero quién dice que los locos no se preguntan? Y si era un reflejo, ¿de qué?, ¿de quién? ¿Y qué hace un reflejo encadenado? ¿Siente un reflejo? ¿Siente la luz de la luna en un estanque? ¿Tiene sed un reflejo, o hambre?
¿Sed?, ¿hambre? ¿Por qué me preguntaba aquello? Sí, quizá tenía sed, pero no tenía nada que beber. Solo el sonido de la gota, la puta gota de nuevo.
Los sonidos no se beben, las gotas hechas de ruido no se beben. Y tenía sed.
Los muertos no tienen sed. Los sueños tampoco. Los reflejos quizá, no lo sé, sigo sin saberlo.
Los locos sí. ¿Pero era sed? ¿Por qué tuve sed cuando pensé en la sed?
Grité..., silencio, absoluto, envolvente. Ni eco, ni murmullo, ni trémula voz. Silencio.
Sueño, tengo sueño. ¿Duermen los sueños?
. II .
Sensaciones.
No me muevo, no siento, no oigo. Intento hablar, no puedo. No puedo. Pienso, solo pienso.
¿Qué hago aquí? ¿Dónde estaba antes? Ni dolor, ni caos, ni recuerdos; luces en el horizonte que se acercan.
Se acercan. ¿Qué se acerca? Cristales rotos.
Vienen, me rodean, me golpean, me cortan. No sangro, no siento. Pienso, solo pienso.
Ni grito, ni llanto, ¡caigo!
Despierto.
Cristales rotos en mi pensamiento.
. III .
Despierto, estoy despierto, me muevo de nuevo. ¿Ha sido todo un sueño? No veo. No, no es que no vea, es que no hay nada que ver, oscuridad absoluta, de nuevo. Mi voz, o lo que creo que es ella, ha vuelto, trémula, pero al menos es voz. Lo otro era un sueño. Un sueño de cristales rotos. Los sueños no sueñan, no soy un sueño, pero no sé si soy yo o solo un pálido reflejo. O loco, quizá; sí, después de todo, este loco.
La gota. La gota no está, se ha ido. Alivio. Me incorporo. No estoy bien, mi ojo, siento la cuenca del ojo, pulsante, punzante. Me toco, tengo el ojo, los ojos, pero duele, duele, duele.
Y huele, huelo, apesto. A sudor, a fluidos. ¿Sucio? No noto nada, quizá solo sienta que estoy sucio.
Mi ojo duele. Pienso: ¿quizá no fue un sueño? Tiemblo. ¿Serán cristales? No, no hay sangre. Pero duele, ¡duele! Intenso, irritante, taladra mi mente, como si algo intentara hacerse hueco, poco a poco, paso a paso. Grito, ¡grito!. Ni siquiera el eco me responde.
Intento andar, dar un paso, caigo de rodillas. Rodillas desnudas, rodillas ardientes, sangrantes. Cristales, cristales rotos. Todo está lleno de cristales rotos. Y el ojo, el cráneo traspasado, ¡terrible! No puedo, no puedo. Quizá, solo quizá, ¿cristal en el pecho?
Dulce, no. Dulce no sería. Pero después, nada, la nada, ni dolor, ni silencio. ¿Sería así? No sé, no sé, no sé. ¿Y si solo soy un reflejo? ¿Y si soy yo? No, no, no quiero. ¡No quiero!
. IV .
¡No! No quiero morir. Aunque solo sea un reflejo, no quiero. ¿Acaso tienen miedo los reflejos? Tengo miedo, miedo. ¿A qué? A no ser, a perderme.
No sé lo que soy. ¿No es quizá eso lo primero? Saber. Saber quién soy.
Recuerdos. Quizá, quizá sea solo eso. Pero ¿qué recuerdo? Colores, olores, la tenue luz de la luna, y el sol. El sol, echo tanto de menos el sol.
Y cristales, recuerdo los cristales de mi sueño, mis rodillas sangrando, la gota, el ojo. Pero nada de eso está ya, se ha ido, silencio. Silencio, abrumador, sofocante. Me ahogo en mi propio lamento. Agonía de sentimiento.
¡Necesito recordar! ¿Cómo? Dormir, ¿dormir de nuevo? ¡Sí! Puede que sea eso. ¿No dicen, acaso, que los sueños traen memorias?
Curioso. Noto que pienso y no es, solo, en la oscuridad y el miedo.
Dormir, dormir... ¡ni que fuera tan fácil! Y solo por la vana esperanza de que algo me ilumine y me permita saber si soy reflejo, si soy sueño, si soy espectro o si solo soy nada.
No me sobra el silencio, ni la oscuridad, ni el deseo. Me sobra el corazón desbocado, los ojos cerrados o abiertos... ¡quiero dormir y no puedo! No soy capaz ni de contar el tiempo.
Espero, espero, espero...
Espero.
Estoy mirando, veo, veo cristales, veo jirones, veo retazos de telas. No vienen, salen, salen, me rodean, me confunden, me golpean. Golpean, golpean. Pero no hieren, me rozan, me alteran, me elevan.
Abortado letargo, y un recuerdo: ¡golpean!
. V .
¡Golpear! Quizá sea esa la respuesta.
¿Golpear? Pero no hay paredes, no hay techo. Hay suelo.
Golpeo, ¡la gota!
Golpeo, ¡el ojo!
Golpeo, ¡cristales!
Golpeo, creo que hay sangre.
Golpeo, golpeo y golpeo. Dolor inconmensurable. Gota, ojo, cristales, sangre.
Golpeo. El suelo se rompe, estoy rodeado de retales y jirones. Crisálida de carne.
Rompo, salgo. Feto adulto saliendo de un útero oscuro.
Salgo, veo, recuerdo. No hay oscuridad, ni silencio. Soy yo, yo de nuevo.
Entiendo. No era sino quizá reflejo oscuro de mi pensamiento. No puedo mirar solo dentro. Hay luz, pero también caos, ruido y vacío. Vacío eterno.
Camino. Un paso y otro. Dejo atrás, tembloroso, todos los cristales rotos.

