El otro día me sorprendí a mi mismo diciendo que algo era imposible. Cualquiera que me conozca mínimamente sabe que es una expresión que tengo casi prohibida.
¿Era imposible? Lógicamente no. Pero considerando el punto de partida y el objetivo realmente perseguido, lo que se quería hacer no era viable sin cambiar radicalmente el planteamiento de base, incurriendo en costes y tiempos no previstos.
Entonces, si somos conscientes de esto, ¿por qué hablamos en absolutos? Pues hay muchas razones, pero una de peso es zanjar una discusión antes de que comience, sobre todo si gozamos de cierta autoridad.
¿Es conveniente? ¡No! Con suerte, tendremos a alguien que nos lleve la contraria y nos obligue a matizar a explicar nuestro absoluto, a buscar alternativas. ¿Pero? Y ¿si se limitan a disentir sin expresarlo de viva voz? Pues al final queda la duda y se resquebraja la confianza.
Así que si por un casual metemos la pata, errare humanum est, no dudemos en explicarnos aunque sea en diferido… la confianza, que tanto cuesta conseguirla, se puede perder en un abrir y cerrar de ojos.
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