Las torres de marfil tienen su puntito, he de reconocerlo.
Puedes hacer y deshacer a tu antojo, oteando desde una atalaya e inmutable a las críticas. Porque claro, ¡no tienen razón!
Luego, ya sabemos lo que pasa, un día te da por observar y el paisaje es, cuanto menos, distinto al que imaginabas.
No hace falta ir muy lejos para observar torres. Basta con mirarnos a nosotros mismos.
No sé si es inevitable, ni siquiera si es posible no entrar y salir de la torre varias veces.
Aunque sin duda la experiencia me ha aportado distintas formas de enfocar el problema:
Estar atento, escuchar, aunque sea una palabra, o ser capaz de percibir cuando el silencio tiene su propio significado.
Mantener un actitud reflexiva, pensar si el camino o las decisiones que tomo son meditadas o si, por el contrario, me dedico a dar vueltas a mi alrededor.
Es suficiente, pues probablemente no, porque quizá todavía, demasiado a menudo, me vea oteando desde el horizonte.

