Cuántas veces no nos vanagloriamos de que lo importante son las personas, para seguidamente insistir en la importancia de disponer de recambios, de que no haya nadie imprescindible o insustituible.
Asumir que podemos recambiar a una persona tal cual reemplazamos un eslabón de una cadena, es falaz. Es negar el valor del aporte individual y, aun más importante, negar el valor de los lazos que se crean entre personas, de entender lo que piensa otro con sólo levantar la mirada.
Quizá podamos reemplazar parte del trabajo desempeñado, pero sustituirlo en su totalidad no es ni fácil, ni inmediato.
En cuanto a lo de ser imprescindible es un terreno aún más farragoso, ¿se puede ser imprescindible? Creo que sí, con el paso del tiempo, algunas personas pueden llegar a confundirse con la organización.
¿Pero, qué supone eso? En mi opinión, una persistencia del status quo a lo largo del tiempo. Lo cual supone asumir que las cosas no van a cambiar, estancarnos en una forma de entender las cosas, no avanzar. Así que, reconozco, que me quito el sombrero ante aquellas personas que saben cuando deben dar un paso atrás y dejar que otros tomen las decisiones. Supone madurez y ser capaz de asumir las propias limitaciones. Lo cual no es fácil...
Trabajando en lo que trabajo, todo esto me lleva a plantearme, retóricamente, si el foco ahora en la IA y en, hace no tanto, la digitalización de procesos, etc... no es sino una forma de intentar soslayar estos problemas, convertir lo insustituible e imprescindible en reemplazable. De trascender, más allá de lo humanamente posible, de persistir en el tiempo.
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